63 Andrés Cárdenas

26/01/08

Andrés Cárdenas presenta “El Cántaro Roto: Bailén 1808? en el Aula Abentofail

Foto: Torcuato Fandila

El Aula Abentofail de Poesía y Pensamiento inicia el año contando en su sesión del mes de enero con la presencia del periodista Andrés Cárdenas. El periodista y escritor presentó en Guadix su último libro “El cántaro roto: Bailén 1808”, novela que conmemora el segundo centenario de la famosa batalla de Bailén en una obra en la que, según señala el director del Aula, Antonio Enrique, “por primera vez el autor se pone serio, pero no demasiado serio”.

 

 

Más datos sobre Andrés Cárdenas
Nacido en Bailén en 1954, ha ejercido el periodismo desde muy joven, tras licenciarse en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense. Lleva un cuarto de siglo en el granadinísimo Ideal, diario donde, a la sazón, es redactor jefe y columnista de sólito, celebrado por su alegre ironía y envidiable sentido del humor. Trabajos suyos y reportajes de fondo han merecido repetidas distinciones, como el premio Andalucía de Periodismo.

 

Es, sin embargo, en la literatura de creación donde alcanza sus mayores logros, dentro de una jocosidad vitalísima. Así sus libros de viajeCarriles de silencio y Crónicas de San Apolón, además de Tu tierra, tu gente (enciclopedia, en colaboración), y los libros de relatos Historias del movil, Yo y el tiempo contra todo, Ochenta veces hoy y Enviado especial a la guerra de las sombrillas.

 

Ha publicado, asimismo, las novelas Pero nunca vencido (1996) y El extraño caso de la leche en polvo (2002). Su novela última, en el año en curso, es El cántaro roto: Bailén 1808; segundo centenario, pues, de aquella decisiva batalla, cuyos entresijos alcanzó a saber de un estudioso del tema, amigo suyo de toda la vida, y al cual rinde tributo de gratitud, Jesús de Haro. Por primera vez, en esta obra, el autor se pone serio, pero no demasiado serio.

 

Un texto de Andrés Cárdenas

No eran quince o veinte hombres, sino miles. Los soldados empezaron a surgir de las sombras, como fantasmas que fueran reclamados por la realidad. Ocupaban casi todo el valle del Rumblar. El Arriero se sintió aturdido, estuvo a punto de bajar el montículo y salir corriendo. Pero una voz en su interior le dijo que se quedara. Él no sabía mucho de regimientos, ni de batallones, ni de unidades militares, pero a juzgar por las banderas y estandartes que había plantados, aquello era un ejército en toda regla. Las pocas voces que llegaban hasta él, lo hacían en un idioma que él no entendía. No cabía duda, aquellos eran los soldados de Dupont. De pronto oyó una expresión que parecía una orden: efectivamente, alguien había mandado levantar el campamento. Lo supo porque pudo divisar a muchos hombres que estaban sentados ponerse de pie, entre palabras masculladas que podrían ser reniegos. Bajó muy despacio del montículo, intentando hacer el menor ruido posible. El corazón le retumbaba. Pensó en montar la mula y dirigirse hasta Bailén. Se sentía presionado por el deber de comunicar su hallazgo. Estaba seguro de que el ejército de Reding no sabía que los franceses estaban tan cerca. Cogió su mula y se alejó de allí. Con suerte, cuando los franceses iniciaran la marcha, él estaría ya en Bailén. Pensó esperanzado con orgullo: si llevo este mensaje al general Reding, habré hecho algo por mi patria.

De El cántaro roto

 
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